Las largas sombras se movían en círculo alrededor de la enorme fogata, siguiendo los pasos de las brillantes figuras que las proyectaban al recibir la luz de aquella, cuyos leños le daban la forma de una alta mastaba que sobrepasaba la altura de los relucientes danzantes.
Bailaban en parejas, hombres y mujeres, moviendo los hombros alegremente y llevando un paso suave, un tanto repetitivo; al son, festivo de los instrumentos que un trio de ótlanas, agrupados cerca a la entrada del restaurante, tocaban: Uno tocaba un instrumento de viento, era un tronco hueco tan grande que lo apoyaba en el suelo y producía un sonido muy profundo como el de un diyiridú; aunque el sonido era más fluido y menos vibrante. Otro, rasgaba las cuerdas de su instrumento, el cual presentaba una amplia gama de tonos, mayormente agudos; consistía en una gran plancha de madera con forma de trapecio recto, donde iría el ángulo más agudo de la plancha, había un mango de madera corto que permitía al músico mantener firme el instrumento, apoyado al lado de su rodilla izquierda, y rasgar así sus casi veinte cuerdas; muy similar a una cítara. El último músico tocaba un tambor de marco similar a un bodhrán, aunque mucho más grande, sujetándolo por las barras cruzadas del lado contrario al lado con el parche; lo tocaba con una baqueta fina que terminaba en una punta esférica de gran diámetro, produciendo un sonido grave y marcaba el dinámico ritmo de la danza.
No era la primera vez que había alguna celebración en pueblo, pero sí era la primera vez que todos parecían entusiastas y animados “¿Será por la facilidad con que Alberto derrotó al general gris?”, se preguntaba ella. Caminado entre las casas, Milagros, pudo ver a los ótlanas bailando; a tal distancia no se sabía quiénes eran originarios del pueblo y quiénes habían emigrado de Aunfhuas, verdes y azules, sus cuerpos resplandecían en un blanco luminoso gracias a la gran hoguera que circundaban. Sonrió mientras iba avanzando y, casi saliendo, escuchó dos voces familiares.
— Así que eres el otro humano, —escuchaba Milagros, hablar a Senikfhen— estaba en el puerto, esperando a los barcos, cuando llegaron al planeta y no tuve oportunidad de fugarme e ir a verlos… Así que dime ¿tienes una relación bastante cercana con Milagros, no?
— Es complicado describirlo, pero sí… —decía Alberto, con un tono un tanto dubitativo y un tanto feliz.
— Sí, me di cuenta cuando vi lo que pasaba allá atrás.
— ¿Eh? ¿Viste el beso? —curiosa por saber lo que ellos conversarían, Milagros esperaba antes de salir de entre las casas y trataba de aguaitarles sin que se diesen cuenta; Alberto sonreía.
— Sí, algo apresurado, creo…
— Bueno, quizá, teníamos que salir a la fiesta, después de todo…
— Aun así, me parece un momento poco oportuno.
— ¿Tú crees? Yo sentí que debía hacerlo en ese momento, algo impulsivo, tal vez…
— No entiendo a los humanos; acá, eso es algo muy serio.
— ¿Un beso? Es posible, pero no es para tanto… ¿A qué te refieres?
— Pues… qué podrían tener un bebé.
Alrededor de los dos se hizo un extraño silencio, Alberto seguía con la sonrisa en el rostro, se había quedado pasmado, sin ocurrírsele que contestar a eso. Tuvo que salir Milagros de su escondite, se acercó y tomando a Senikfhen del hombro, haciéndolo agachar, lo encaró con cierto fastidio en el rostro.
— ¡Así no se reproducen los humanos! —dijo ella, mirando seriamente a Senikfhen, mientras Alberto no había podido evitar imaginarse cargando un bebé.
— No me imagino donde más pueden tener órgano sexuales —dijo Senikfhen.
— En la pelvis —dijo Alberto reaccionando y recobrando la compostura.
— … —Senikfhen intercambió miradas con ambos humanos— ¿Y cómo pueden caminar así…? Creo que mejor dejamos este tema para otra ocasión… —dijo levantándose.
— Ustedes también ¿No? —dijo Milagros, mirando a algunos curiosos que no habían podido evitar voltear a mirar, haciendo que se volviesen; otros, más discretos, oyeron la conversación sin voltearse.
— Bueno, bueno… Ya que pasamos de este mal entendido, mejor ir a celebrar —decía Senikfhen mientras avanzaba entre la gente— nos vemos luego.
Milagros exhaló un suspiró cuando Senikfhen se retiró y el grupo de curiosos se hubo disipado, Alberto, pensando en lo ocurrido comenzó a reír jocosamente; Milagros lo observo, sonriendo, mientras esperaba que se le pase la risa.
— Vamos a bailar, ya que te diviertes tanto —le dijo ella mientras se apagaba la risa de Alberto.
— Tú sabes que nunca he sido bueno para eso.
— No importa, yo tampoco sé bien como se baila eso, vamos —dijo ella, jalándolo de la muñeca y llevándolo cerca de la hoguera.
Así, esa noche, había dos figuras que no brillaban, que eran mucho más pequeñas que las demás y que no bailaban tan bien; pero, a su manera, también seguían con alegría el ritmo de los músicos, celebrando con sus pasos, como todos los demás.
Estaba feliz. Entró un tanto tambaleante, debido al elevado nivel de alcohol que tenía en la sangre, a su alcoba en una posada de la ciudad. Por primera vez se había divertido de tal manera en ese planeta, tal vez, incluso en toda su vida. Llegó a apagar las luces y sin desvestirse cayó con el cuerpo rendido sobre la cama, más su mente seguía trabajando, como casi siempre, alrededor de ella. Se acordó del primer día que llegaron a Kirslor y la noche que durmió al lado de Milagros, había estado tan preocupado con la pelea que se tomó todo en serio, incluso el sueño; pero ahí, algo ebrio, no pudo pensar en otra cosa que en abrazar a Milagros. “En esta situación es algo inmaduro —se decía, riéndose alegremente de sí mismo— pero al fin y al cabo sólo soy un chico que esta ebrio por primera vez en su vida…”. Así, poco a poco, las ideas se le fueron confundiendo, amontonando, mientras su conciencia se desvanecía con la perenne imagen de su amada.
El saco de piel marrón estaba tirado en el suelo, medio caído; unas cuantas hojas salían de este, muy lentamente, eran copias de diversos planos de naves y de documentos certificados por la Junta Militar de Aunfhuas. Solfhon ya estaba acostado, pero aun no podía dormirse, no había tenido tiempo de explicarles bien la razón de su viaje a los humanos, habían estado tan felices, que le parecía un incordio decírselo; sólo esperaba que la batalla estuviese lejos, o no les quedaría mucho para relajarse. Además… estaba su hermano…
— …Las naves ya se encuentran preparadas, serán cien naves formadas en tres escuadrones.
— ¡Cien naves! —Le dijo Solfhon, sorprendido— ¿¡Como hicieron tantas en tan poco tiempo!?
— Hasta ahora hay algo de setenta, en realidad; pero no son ni remotamente parecidas a las verdaderas. Verás, aunque se trató de reproducir los motores originales de las naves resultó casi incomprensible para los científicos, se sabe que funciona con choque de átomos diferentes pero no les queda claro bien el funcionamiento; no, lo que usaron, y lo único que pudieron entender, fue lo que parecía ser la pieza principal de su generador de energía… Y si se pudo construir tanto fue porque había material de sobra para construirlas ¿Recuerdas las historias de personas que explotaban porque les caí un rayo encima?
— Sí, no se sabía porque sucedía…
— Karoi… —le dijo Sailanfhe a su hermano— al recibir energía eléctrica, reacciona de una manera bastante… explosiva.
— Así que aprovechan esa energía… pero los conductores eléctricos escasean en este mundo.
— Sí, pero no en sus naves, gracias a ellas obtuvimos cobre, también un cierto metal de color amarillo muy brillante y, por si fuera poco, buena parte de sus naves está hecha de aluminio.
— Reciclaron todo lo que pudieron, vaya… pero el armamento fue simplemente montado ¿verdad?
— Sí… usamos las que pudimos recuperar de Aunfhuas… —titubeó antes de completar la frase— Unas treinta.
— Ya veo… Eso explica lo del “Las naves escudo” y “Las naves de ataque”…
— Vaya, has estado obteniendo información muy confidencial pese a ser un civil.
— Hermano, tú sabes que sí supieran que tan bueno soy para infiltrarme me querrían en los servicios de inteligencia. Entonces… ¿Qué clase de nave te toca? —dijo Solfhon con completa seguridad.
— No está decidido aún, pero…
— Hay muchos que están metidos en el operativo y son de familias acomodadas… por lo que están “comprando” naves con armas…
— ¿Para qué tanto drama si ya te sabes la situación? — preguntó a su hermano, algo fastidiado por todo lo que sabía.
— Toma —le dijo Solfhon dándole la pieza de karoi que acostumbraba usar de medallón.
— Sabes que no serviría de mucho si no está fundido, no podemos generar la energía de un relámpago.
— Lo sé, es sólo para que recuerdes porque estás luchando… —dijo su hermano y recordando; aquellas manos grises mientras lo levantaban, sujetándolo del rostro, el frío gélido que le invadió antes de siquiera sentir algún dolor en el abdomen, como hace poco su mente se volvió a completar y la cicatriz que le había dejado en el pecho su último enfrentamiento con los grises; cogió el amuleto y cerró su puño con fuerza.
— Ya veo… Los malnacidos casi me matan dos veces, supongo que es mi hora de devolvérselas.
— Por cierto… están pensando ir por Alberto y Milagros, por si se sucede algún enfrentamiento a gran escala en el planeta… pero también, cuando todo termine los llevaran a los laboratorios…
— Ellos no tienen nada que ver con esto, —contestó algo fastidiado —les agradezco la ayuda que dieron en Aunfhuas pero… —vaciló volviendo a ver claramente al humano cubierto de sangre verde y con aquellos ojos enviciados de hacer tanta riza hacer— no es su batalla, ni parecen hechos para enfrentarlos… Es mejor que averigüen, y pronto, como volver de donde vinieron.
— La junta militar tomó una decisión, también creo que deberían regresar pero… —no terminó la frase, no podía decirle a Sailanfhe que las historias sobre los encuentros entre los grises y Alberto habían recorrido todo el continente, ni que era considerado un héroe enviado por la divinidad, mucho menos que, gran parte de la gente, depositaban en él las esperanzas de victoria— como sea, voy a ver si al menos logro reunirme con uno de ellos. Parece que Milagros está en un pueblo de Iutlanfhuas, saldré para allá al amanecer.
— Bien, adviérteles si deseas. Tengo que seguir ayudando acá, nos vemos, entonces… —dijo Sailanfhe, dando media vuelta, temiendo no ver a su hermano nuevamente.
— Hasta otra… supongo —le dijo Solfhon, con un sentimiento similar al de su hermano, viéndolo perderse entre el personal que circulaba en las amplias instalaciones militares que le habían sido prestadas al ejercito de Aunfhuas en Okonanfhuas; gigantescas semiesferas circundaban el terreno, eran los almacenes y los hangares; no debía ver mucho de lo que pasaba allí y no tardaron en escoltarlo a la salida.
Recordando aquello, Solfhon, cayó lentamente en un sueño pesado y relajante; pero no lo suficiente para evitar notar el ruido que lo despertaría a la mañana siguiente.
Al despertarse temprano, pese a la noche de fiesta, Alberto estaba hurgando entre las cosas que había pedido tener en la habitación: Varios atlas, enciclopedias y libros de historia ilustrada. Hojeó los libros bajo la fuerte luz del sol que entraba por la amplia ventana, dándole un tono aún más azulado a su dormitorio; así estuvo, durante varios minutos, sentado en el borde la cama, pasando las páginas con atención y cierto placer curioso…
“…El planeta Kirslor es el segundo planeta más cercano a su estrella, a una distancia de 2840,87 molkalls de esta. Posee un diámetro de 1,12 yakalls siendo así el cuarto planeta más grande de los seis planetas que conforman el Sistema Solar y el único con una atmosfera con suficiente oxígeno para permitir la vida como todo ótlana conoce…”
“El sistema métrico estándar se establece a cien años de la Gran Guerra en la Primera Asamblea Mundial de la Comunidad de Investigación Científica (PAMCIC) así fue como el ‘kall’, unidad estándar en zonas centrales de Aunfhuas se estableció como medida estándar de distancia junto con sus unidades mayores (yakall, molkall, fhukall, etc.) y sus unidades menores (pikall, wakall, enkall) y sus derivado es área (kallfhais) y volumen (kallfheun)…”
“…La mayoría de la población está dividida en zonas rurales, sólo las capitales y unas otras pequeñas ciudades se manejan en un ambiente urbano. La gran mayoría de estos pueblos se ubican en zonas rodeadas de bosques y tanto en Aunfhuas como en Iutlanfhuas son muy pocos los que se dedican a la agricultura. Además, Aunfhuas es el que más vegetación tiene pese a la poca variedad de las especies de esta; el que tiene más ciudades, menos fenómenos climáticos y muchos lo reconocen como cuna de los ótlanas e incluso de la vida misma…”
“…Luego de la última Gran Guerra en Kirslor, hace mil quinientos años, que costó cerca de un cuarto de la población del planeta pese a la falta de armamentos como los que cuentan hoy en día, los continentes; los esfuerzos de los gobiernos por mantener unidas y comunicadas las poblaciones se intensificaron y gracias a ello, y a sus seguidores quienes continuaron con su tarea unificadora, hoy contamos con tres únicos gobiernos que se reparten el control mundial y que lograron varias unificaciones a nivel mundial a través de la unificación idiomática, la utilización de una única moneda y la estandarización global de las unidades de medida empleadas en la vida diaria.
Aun así el conflicto no dejó de estar presente entre los ótlanas; debido a la poca interacción entre las razas nativas de los continentes (los azules, verdes y purpuras), se ha venido desarrollando un fuerte rechazo étnico desde el tiempo de las Unificaciones Continentales…”
“Gráfico de los órganos sexuales, masculino y femenino. Los órganos se conectan a través de un apéndice que surge de la boca (Fig. A). El órgano masculino se conecta con el femenino e introduce los espermatozoides después de una estimulación (Fig. B). Estos descienden hasta el ovulo ubicado en el tórax a través de los canales señalados (Fig. C)”
…Más alguien llamó al otro lado de la puerta, interrumpiéndole. Por la voz, supo que era Milagros.
— Me desperté temprano y vine a ver como estabas… No te desperté ¿verdad?
— No —dijo el dejándola pasar— estaba ojeando un par de libros.
— Ya sabes leer bizlhajmi, entonces —dijo sentándose al borde de la cama y cogiendo un libro de historia.
— No, sólo estaba viendo los dibujos y tratar de entender algo de ellos. Imagino que tú sí sabes —dijo sentándose al lado de ella.
— Claro, tenía que escribir los pedidos y no iban a entender las letras de la Tierra, obviamente. Es fácil, la mayoría de grafías son silábicas y algunas pocas bisilábicas. Ves, aquí dice “A-un-fhuas”, aquí “otla-na” y aquí “tek-fhit”.
Respiraba el aroma de sus cabellos mientras su cuerpo se inclinaba ligeramente, cada vez, un poco más cerca, y su brazo, rodeaba la espalda femenina. Estando así había un sentimiento de tranquilidad le embargaba; pensó en los peligros que llevaba viviendo y todas las veces que pudo haber muerto, siempre con miedo, pero ahí, podía morir sin más.
Era una mañana tan silenciosa que ella podía sentir los latidos de aquel corazón ajeno, algo más acelerados que los suyos, cada vez más fuerte conforme él se acercaba. Sintiendo en sus cabellos la respiración cálida, dejó que el brazo diestro tras ella la rodeaba, dejándose caer sobre su hombro. Lo miró sonriente, feliz, y vio una mirada anonadada, enfocada en sus grandes ojos cafés y las largas pestañas que tapaban ligeramente sus irises.
La pegó a su pecho, como si quisiera que escuchase sus latidos y dijo:
— Quédate…
— Y tú no me apartes…
Olvidados ya, los libros, el lenguaje y el planeta; ella acercó su rostro con los labios entreabiertos, brillantes a la luz del sol, él titubeó, más fue acercando su rostro, recordando el beso de anoche. Poco a poco un ruido se fue haciendo más intenso hasta volverse una bulla insoportable. Sus rostros quedaron a pocos centímetros de distancia, sin poder avanzar más; querían olvidar la bulla pero era demasiado inusual para ignorarla. Alberto se levantó primero y enrumbó hacía la salida, Milagros fue tras él.
Pese a ser el último en despertarse, esa mañana, Solfhon, fue el primero en salir a ver el motivo de tal bullicio aunque ya lo iba suponiendo desde el momento en que despertó. Reconoció a la máquina, gracias a los planos que había robado, pero igual quedó boquiabierto al verlo avanzar, apartando los obstáculos de su camino, y estacionarse.
Alberto y Milagros fueron los últimos en llegar a ver la máquina, la cual les resultó algo familiar pero no por ello menos sorprendente. Consistía en un gigantesco cubo de metal, de unos cuatro metros de alto, que en la delantera tenía una plancha de metal doblada y con el vértice hacia adelante y se desplazaba por medio de un tractor oruga, haciéndoles recordar a un tanque aunque mucho más grande y sin armamento. Tras él se veía como había derribado varios árboles para abrirse camino y como el terreno se había aplanado a su paso.
Bajó un ótlana uniformado, escoltado por un grupo armado, de huoyays, se acercó a los humanos ante los rostros algo temerosos de los pobladores. Alberto y Milagros se juntaron, extrañados por la inusual situación. Solfhon maldecía para sus adentros, al final, su viaje había sido inútil; miró a los humanos, uno junto al otro, cogido de las manos; ante la verdadera batalla que se avecinaba y determinó ayudarlos de algún modo; eran guerreros, pero no soldados.
Alberto Milagros Solfhon Sailanfhe ótlana
martes 11 de enero de 2011
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